martes, 14 de marzo de 2017

Siempre.


Desde que tengo a Martina conmigo, he repasado mi vida varias veces pero siempre intentando verla a través de los ojos de mis padres. Supongo que esto nos pasará a todos los que tenemos hijos, pero no porque sea habitual deja de ser extraordinario. Tal vez sea un ejercicio de empatía que el destino nos tiene guardado como un regalo que siempre estuvo ahí pero que, precisamente por tenerlo siempre tan cerca, nunca apreciamos en su justa medida. 
En estos días de mercantilización total y absoluta, que una fecha concreta se dedique a la figura del padre, de la madre o de lo que sea, no nos debería provocar un rechazo especial. Ya deberíamos tener asumida la música que suena en el baile en el que estamos metidos, dejar de protestar y poder quedarnos con lo positivo del asunto. 
El tiempo pasa, los años vuelan, y hay días que son como la melodía del despertador en plena madrugada: tan artificiales como necesarios. Yo al menos, a estas alturas de la película, me lo tomo así. 
Muchos de los que me estarán leyendo no podrán disfrutar del día del padre como les gustaría. Unos por distancia, otros por ley de vida. Sinceramente espero que la inmensa mayoría pueda hacerlo, más allá del detalle que nos vende el Corte Inglés. Nunca está de más que se nos recuerde lo obvio antes de que llegue ese lobo que es el tiempo. 
Del 19 de marzo yo me quedo con eso, que ya bastantes señalaréis el complot capitalista en el que nacemos, compramos y morimos todos. Como si no lo supiéramos. Pero parece muchas veces que seguimos siendo adolescentes a los que les vence la vergüenza de besar en público a un señor mayor -que siempre está demasiado cerca-, sin ser conscientes de que la palabra siempre no existe.

Siempre.