jueves, 30 de noviembre de 2017

LA VENGANZA Y EL ÚNICO PERDÓN.


Llegué a Madrid hace exactamente diez años y, prácticamente desde entonces, estoy trabajando en una escuela de cine. No soy lo que se llama exactamente un cinéfilo pero, como el roce hace el cariño, a mi pasión por la historia se ha unido un relativo y creciente interés por el séptimo arte.


Esta semana se ha anunciado la pre-selección de películas para los Premios Goya 2018. El caso es que, como casi siempre, en breves se comenzarán a denunciar, especialmente desde ciertos medios, el sectarismo del mundo del cine en España, la politización de su principal evento y el posicionamiento más o menos progresista del sector en general. La industria nacional cinematográfica tiene poco de lo primero, e incluso de lo segundo, y muchas de estas críticas darían para más de una discusión de calado. El tema no es baladí porque -y eso está fuera de toda duda- el mundo del cine, sus protagonistas y producciones, tienen una palpable influencia en la vida pública, y ha llegado a ser, en ciertas ocasiones y momentos históricos, una herramienta tan poderosa como la prensa y la educación para moldear la forma de pensar de naciones enteras. La relación entre cine y poder tiene episodios que bien merecerían ser estudiados en los libros de historia, o ser plasmados en documentales y largometrajes en todo el globo, España inluída. De hecho, una película que aún está por hacerse es la que cuente la vida de Conchita Montenegro: una actriz de éxito multitudinario; una mujer pionera, con una vida increíble, repleta de luces y sombras, realidades y mitos, cuyo legado merece ser liberado de la losa de olvido con la que está cubierta a día de hoy.



La Greta Garbo española.


Nacida Concepción Andrés Picado en San Sebastián, allá por 1911, pronto se trasladó a Madrid con su familia. Desde su infancia, y en un ambiente favorable, Conchita siempre demostró dotes para la interpretación de la mano de un desparpajo innato y una belleza demoledora. Siendo aún menor de edad, emigró a Paris en los años veinte. Rodeada del ambiente bohemio y hedonista parisino, estudió francés e interpretación y, a los 16 años, debutó protagonizando una película llamada "La mujer y el Pelele". En ella, interpreta a una mujer fatal y, para escándalo y éxito de la producción, hay una escena deliciosamente sensual en la que baila flamenco desnuda entre los pliegues de unas cortinas y los reflejos de una botella de vino. Tal fue el impacto de la cinta, que logró que su nombre sonara entre diversos productores del Hollywood de la época. Tuvo varias ofertas y, ni corta ni perezosa, se embarcó dispuesta a conquistar, junto a otro grupo de pioneros españoles, la novedosa industria cinematográfica americana. Pese a ser una mujer de mundo, y haber conocido el París de la época, no me deja de asombrar cómo una mujer española -casi niña- ,de aquella época, pudo afrontar un salto semejante. Compararla con las folclóricas que iban a todos lados acompañadas de sus madres da mucho que pensar. Conchita debía ser muy decidida; una mujer de carácter, convencida de poder conseguir sus sueños pese a las dificultades que pudieran surgir en el camino. De hecho, en uno de sus primeros castings en Los Angeles, su partenaire fue nada menos que Clark Gable. En su escena, debía vestir un minúsculo traje de hawaiana, para acabar en brazos de su compañero y fundirse en un apasionado beso. Pero algo iba mal y no le convencía, así que, llegado el momento, en pleno rodaje rechazó tajantemente los labios del galán. El revuelo en plató fue considerable. Aquello era algo inaudito. "Esta chiquilla dará mucho juego" dijo Lionel Barrymore. Era 1930 y esa chiquilla tenía apenas 19 años.



"Esta chiquilla...."


Por aquel entonces no existía el doblaje, así que en el mismo Hollywood se rodaban las películas en inglés y en otros idiomas. Por eso la actriz empezó a trabajar enseguida pese a que su escaso dominio de la lengua local. Para solventar esta cuestión, tuvo la suerte de contar con unos profesores de excepción.  Siempre se suele decir que donde mejor se aprenden idiomas es en la cama, y Conchita tuvo la suerte de compartir clases particulares con mitos como Buster Keaton, Charles Chaplin, Edgar Neville y Charles Boyer. Casi nada.

Pero si hubo alguien con el que el idilio fue realmente apasionado, ese fue Leslie Howard. Del futuro protagonista de "Lo que el viento se llevó" se decía que compaginaba la interpretación con el servicio de espionaje para el Imperio Británico. Cuando se conocieron, ella tenía 19 años, él 38 y estaba casado. Era un amor prohibido a todas luces pero la química entre los dos era incontrolable y marcó a la actriz profundamente.



Chavales, quedaos con alguien que os mire como Conchita a Leslie.

Los rodajes se sucedieron constantemente para la española trabajando para la Metro Goldwyn Mayer y la Fox durante cinco años. En 1935 se casa con el primer galán del cine brasileño, Gabriel Roulien, y de su mano viaja y rueda por toda Europa y Sudamérica. Ya es una realidad: Conchita Montenegro ha alcanzado el estrellato internacional. Sin embargo, su matrimonio no dura demasiado -quién sabe si este enlace no fue más que una huida hacia adelante para intentar olvidar a Howard-, y se separa, para afincarse en Europa y establecerse definitivamente en España en 1942.


Tras doce años en el extranjero, llenos de vaivenes laborales y sentimentales; en medio de la Segunda Guerra Mundial y en plena posguerra española, su vuelta a casa marca un punto de inflexión en su vida profesional y personal. Es recibida como la estrella que era y se convierte en la actriz número uno del país. Afronta el rodaje de películas marcadas por la realidad político social del momento como "Boda en el Infierno" o "Rojo y negro", una obra falangista que fue censurada por el mismo régimen franquista y que bien merecería por sí sola un capítulo aparte en este blog.

A pesar de venir de un ambiente cosmopolita totalmente dispar al que se podía vivir en la España de la época, Conchita, gracias a su estrellato y carisma, empieza a relacionarse con la élite social del momento pese al marcado carácter conservador de la misma. Cuando se le preguntaba acerca de aquel primer desnudo que tanto la catapultó, su respuesta era siempre que realmente no había sido ella sino una doble. Por otro lado, el que fuese una mujer divorciada seguramente tampoco ayudaría demasiado, pero todo da un giro de 180 grados al hacerse oficial su noviazgo con Ricardo Giménez Arnau, Jefe de la Falange Exterior, uno de los hombres fuertes del régimen en aquellos días y perteneciente al círculo más intimo de Franco. Y es aquí, cuando la vida de Conchita Montenegro -si ya era toda una aventura hasta entonces- se podría convertir en el argumento de una producción de Hollywood en la actualidad.

Corría el año 1943 y su antiguo amante, Leslie Howard, encumbrado internacionalmente desde 1939 por su papel como Ashley Wilkes en "Lo que el viento se llevó", estaba visitando Madrid. Oficialmente, impartía unos cursos sobre William Shakespeare, pero lo que realmente vino a traer a España no fue un trozo de cultura anlgosajona sino un mensaje de Churchill a Francisco Franco. Nuestro victorioso Caudillo era un cinéfilo reconocido que, bajo el pseudónimo de Jaime de Andrade, escribió el guión de "Raza", toda una súper producción de la época que buscaba identificar al bando victorioso de la guerra civil con la verdadera esencia de España. Así, con la excusa de ofrecer una co-producción hispano-inglesa sobre Colón y el descubrimiento de América, Leslie Howard pretendía entrevistarse con el Caudillo. La persona que logró que esa entrevista fuese posible fue Conchita Montenegro gracias a ser habitual en la reuniones sociales del más alto nivel debido a su popularidad y a ser pareja de uno de los falangistas más autorizados de la época. Su antiguo amante conocía bien su influencia y le pidió mediar para poder entrevistarse personalmente con el Generalísimo, cosa a la que ésta accedió.




Leslie Howard, en  "Gone with the wind", se daba un aire a Eduardo Inda.


La entrevista se produjo y sobre lo que allí se trató se ha especulado mucho. ¿De qué hablaron Howard y Franco? ¿De ese proyecto en el que la Montenegro sería Isabel La Católica, él mismo Cristóbal Colón y Franco escribiría el guión? ¿O tal vez le llevara al Jefe del Estado español una oferta de su homónimo inglés, para no prestar apoyo ninguno al Eje durante la segunda guerra mundial, a cambio de un trato favorable una vez finalizado el conflicto? Sabiendo que Leslie Howard era un notorio oponente al nazismo y que públicamente se había pronunciado al respecto en varias ocasiones, su involucración estaba fuera de toda duda. Gracias a su fama mundial, sus contactos e imagen, era un activo del servicio de inteligencia británico por todo el mundo.

Sea como fuere, tan solo podemos contar a ciencia cierta lo que sucedió poco después de realizarse dicha entrevista. Tras su encuentro, el británico se trasladó  a Portugal y, desde Lisboa, el 1 de junio de 1943, se subió a un Ibis, un avión que debía llevarle hasta Bristol. A las pocas horas de vuelo, sobrevolando Galicia a la altura de Cedeira, un escuadrón de junkers alemanes atacaron y abatieron la nave. No hubo supervivientes. El eje conocía que el agente del servicio de inteligencia británico estaba a bordo y actuó sin medias tintas. Pese a la tragedia, el mensaje ya estaba enviado y, casualmente o no, a las pocas semanas del derribo, Franco decidió retirar las tropas de la División Azul del frente soviético y declaró a España Neutral en la Segunda Guerra Mundial.


Mucho se ha especulado sobre esta decisión; sobre los posibles sobornos ingleses a figuras influyentes en el franquismo, las ofertas aliadas para ganarse la colaboración del régimen y la propia iniciativa de Franco ante cómo se estaban desarrollando los acontecimientos militares en la contienda. Sin embargo, del encuentro entre el líder español y la estrella mundial -así como del final de ésta-, poco se ha hablado. De hecho, no ha sido hasta 2009 cuando en el lugar del suceso, se ha erigido un pequeño monumento que recuerda al actor y resto de pasaje con una placa conmemorativa y la reproducción de las hélices del avión derribado. Del papel de Conchita en toda a esta trama de movimientos políticos que puedieron llevar a tomar una decisión tan trascendental para España se ha hablado mucho menos aún.



Leslie, miña terra galega.




Lo que sí que está claro es que la noticia de la muerte de Leslie afectó tremendamente a Conchita Montenegro, sumiéndola en una profunda depresión tal vez por sentirse culpable de la muerte su ex amante. Pasaron meses hasta que pareció recuperarse lo suficiente para decidirse a protagonizar una nueva película, "Lola Montes". Sin embargo, tras el estreno, la actriz anunció que abandonaba el mundo de la interpretación para casarse con su prometido, que en ese momento hacía las veces de Embajador Español en el Vaticano. Corría el año 1944 y Conchita Montenegro, la principal actriz de la industria cinematográfica nacional, renunció a la vida pública de una manera tan definitiva que poco a poco logro desaparecer del alcance de todas las miradas. ¿Qué llevo a una mujer pionera como ella, que destacó en Hollywood, a casarse con un falangista y renunciar a todo tipo de notoriedad en la cima de su carrera? ¿Redención, penitencia y arrepentimiento? ¿Convencimiento para asumir los valores de la mujer tradicional al lado de un diplomático falangista?


Tanto por su belleza elegante y firme, como por su renuncia al estrellato, se la ha denominado en muchas ocasiones "la Greta Garbo española". Tras su retiro, concedió poquísimas entrevistas y apenas se dejaba ver en público. Los homenajes que, con el paso de los años, han pretendido recuperar su memoria nunca fueron de su agrado e incluso llegó a rechazar la "Medalla al Mérito Artístico" que le quiso conceder el Ministerio de Cultura en 1990. En alguna de sus escasas declaraciones en sus últimos años de vida, dejó entrever que su paso por el cine "no fue más que un pecado de juventud" y que si alguien quería verla, lo mejor sería retomar cualquiera de las 37 películas que rodó.


Concepción Andrés Picado murió en Madrid, el 22 de abril de 2007 a los 95 años de edad, sin dejar descendencia y donando su cuerpo a la ciencia. Se fue tan discretamente como se había ido Conchita Montenegro, sesenta años atrás, dejando tras de sí el legado de un silencio que espera a ser roto de nuevo por los aplausos y el reconocimiento al que renunció. Quién sabe si veló una inmensa pena en el recogimiento de su vida privada o, sencillamente, decidió refugiarse en el olvido abrazándolo con fuerza. Quién sabe, tal vez Conchita Montenegro sabía perfectamente a qué se refería Borges cuando dijo aquello de que que el olvido es la única venganza y el único perdón.



De Diva en Hollywood a esposa de un falangista. Una vida de película y un secreto indescifrable.

















martes, 14 de marzo de 2017

Siempre.


Desde que tengo a Martina conmigo, he repasado mi vida varias veces pero siempre intentando verla a través de los ojos de mis padres. Supongo que esto nos pasará a todos los que tenemos hijos, pero no porque sea habitual deja de ser extraordinario. Tal vez sea un ejercicio de empatía que el destino nos tiene guardado como un regalo que siempre estuvo ahí pero que, precisamente por tenerlo siempre tan cerca, nunca apreciamos en su justa medida. 
En estos días de mercantilización total y absoluta, que una fecha concreta se dedique a la figura del padre, de la madre o de lo que sea, no nos debería provocar un rechazo especial. Ya deberíamos tener asumida la música que suena en el baile en el que estamos metidos, dejar de protestar y poder quedarnos con lo positivo del asunto. 
El tiempo pasa, los años vuelan, y hay días que son como la melodía del despertador en plena madrugada: tan artificiales como necesarios. Yo al menos, a estas alturas de la película, me lo tomo así. 
Muchos de los que me estarán leyendo no podrán disfrutar del día del padre como les gustaría. Unos por distancia, otros por ley de vida. Sinceramente espero que la inmensa mayoría pueda hacerlo, más allá del detalle que nos vende el Corte Inglés. Nunca está de más que se nos recuerde lo obvio antes de que llegue ese lobo que es el tiempo. 
Del 19 de marzo yo me quedo con eso, que ya bastantes señalaréis el complot capitalista en el que nacemos, compramos y morimos todos. Como si no lo supiéramos. Pero parece muchas veces que seguimos siendo adolescentes a los que les vence la vergüenza de besar en público a un señor mayor -que siempre está demasiado cerca-, sin ser conscientes de que la palabra siempre no existe.

Siempre.

miércoles, 1 de febrero de 2017

Por el camino.

No sé si fue Quevedo quien afirmó que el pecado español es la envidia, pero recuerdo perfectamente como Fernando Fernán Gómez dijo que, en España, se usa el término envidia más para despreciar algo que para darle valor. Según él, se utiliza para restar importancia a los logros ajenos en una especie de versión carpetovetónica de aquella fábula de Esopo que versaba sobre una zorra y unas uvas finalmente demasiado verdes al no haberlas podido alcanzar. Lamentablemente, estoy más de acuerdo con el del siglo de oro que con el autor de "Viaje a ninguna parte". 




De hecho, leí hace años en una etiqueta de vino -no es coña- una curiosa definición de España mediante el uso que hacemos de la palabra envidia. Según ella, este país es de los pocos, por no decir el único, en el que en vez de decir que algo es admirable, elogiable o ejemplar, se prefiere afirmar que es envidiable. Antes, durante, y tras el vino, he de reconocer que no pude estar más de acuerdo. España, entre otras cosas, es un país envidioso en el que se desea el triunfo ajeno no basándonos en el ejemplo, sino en esa envidia que quién sabe si finalmente también es desprecio.

Sea como fuere; yo, que me considero español para bien y para mal en tantas cosas -algunas tan inútiles como importantes-, he de reconocer que durante estas últimas semanas no me he sentido para nada de esa manera -como diría Trueba: "ni durante cinco minutos"- al enterarme del éxito de unos compañeros de trabajo y, pese a ello, amigos. Este próximo sábado, cuatro de febrero, Uka, un cortometraje de animación que traduce en imágenes lo que un día fue un sueño, está nominado en dicha categoría en la gala de los premios con mejor rima del mundo, Los Goya, y no puedo estar más contento por todos ellos.  

Por eso, desde este balcón al que me asomo de vez en cuando, quiero haceros saber que espero y deseo que todos y cada uno de vosotros os llevéis el premio grande, que no es ni el reconocimiento, ni el busto de Goya (pese a que yo soy muy de bustos), sino aquel que consiste en poder soñar, pensar, hacer y dedicar una vida entera al cine, para convertir cada día de trabajo en un ejercicio de pasión vital que estaré encantado de que compartáis conmigo mientras me demostrías que el camino es lo que queda por andar y no tanto lo andado.


Para Martina.

 Me habéis hecho muy feliz, muchas gracias.