martes, 14 de marzo de 2017

Siempre.


Desde que tengo a Martina conmigo, he repasado mi vida varias veces pero siempre intentando verla a través de los ojos de mis padres. Supongo que esto nos pasará a todos los que tenemos hijos, pero no porque sea habitual deja de ser extraordinario. Tal vez sea un ejercicio de empatía que el destino nos tiene guardado como un regalo que siempre estuvo ahí pero que, precisamente por tenerlo siempre tan cerca, nunca apreciamos en su justa medida. 
En estos días de mercantilización total y absoluta, que una fecha concreta se dedique a la figura del padre, de la madre o de lo que sea, no nos debería provocar un rechazo especial. Ya deberíamos tener asumida la música que suena en el baile en el que estamos metidos, dejar de protestar y poder quedarnos con lo positivo del asunto. 
El tiempo pasa, los años vuelan, y hay días que son como la melodía del despertador en plena madrugada: tan artificiales como necesarios. Yo al menos, a estas alturas de la película, me lo tomo así. 
Muchos de los que me estarán leyendo no podrán disfrutar del día del padre como les gustaría. Unos por distancia, otros por ley de vida. Sinceramente espero que la inmensa mayoría pueda hacerlo, más allá del detalle que nos vende el Corte Inglés. Nunca está de más que se nos recuerde lo obvio antes de que llegue ese lobo que es el tiempo. 
Del 19 de marzo yo me quedo con eso, que ya bastantes señalaréis el complot capitalista en el que nacemos, compramos y morimos todos. Como si no lo supiéramos. Pero parece muchas veces que seguimos siendo adolescentes a los que les vence la vergüenza de besar en público a un señor mayor -que siempre está demasiado cerca-, sin ser conscientes de que la palabra siempre no existe.
Siempre.

miércoles, 1 de febrero de 2017

Por el camino.

No sé si fue Quevedo quien afirmó que el pecado español es la envidia, pero recuerdo perfectamente como Fernando Fernán Gómez dijo que, en España, se usa el término envidia más para despreciar algo que para darle valor. Según él, se utiliza para restar importancia a los logros ajenos en una especie de versión carpetovetónica de aquella fábula de Esopo que versaba sobre una zorra y unas uvas finalmente demasiado verdes al no haberlas podido alcanzar. Lamentablemente, estoy más de acuerdo con el del siglo de oro que con el autor de "Viaje a ninguna parte". 




De hecho, leí hace años en una etiqueta de vino -no es coña- una curiosa definición de España mediante el uso que hacemos de la palabra envidia. Según ella, este país es de los pocos, por no decir el único, en el que en vez de decir que algo es admirable, elogiable o ejemplar, se prefiere afirmar que es envidiable. Antes, durante, y tras el vino, he de reconocer que no pude estar más de acuerdo. España, entre otras cosas, es un país envidioso en el que se desea el triunfo ajeno no basándonos en el ejemplo, sino en esa envidia que quién sabe si finalmente también es desprecio.

Sea como fuere; yo, que me considero español para bien y para mal en tantas cosas -algunas tan inútiles como importantes-, he de reconocer que durante estas últimas semanas no me he sentido para nada de esa manera -como diría Trueba: "ni durante cinco minutos"- al enterarme del éxito de unos compañeros de trabajo y, pese a ello, amigos. Este próximo sábado, cuatro de febrero, Uka, un cortometraje de animación que traduce en imágenes lo que un día fue un sueño, está nominado en dicha categoría en la gala de los premios con mejor rima del mundo, Los Goya, y no puedo estar más contento por todos ellos.  

Por eso, desde este balcón al que me asomo de vez en cuando, quiero haceros saber que espero y deseo que todos y cada uno de vosotros os llevéis el premio grande, que no es ni el reconocimiento, ni el busto de Goya (pese a que yo soy muy de bustos), sino aquel que consiste en poder soñar, pensar, hacer y dedicar una vida entera al cine, para convertir cada día de trabajo en un ejercicio de pasión vital que estaré encantado de que compartáis conmigo mientras me demostrías que el camino es lo que queda por andar y no tanto lo andado.


Para Martina.

 Me habéis hecho muy feliz, muchas gracias.