jueves, 4 de septiembre de 2014

La última noche de agosto.



La brea del asfalto supura el calor del día como el lamento de un penitente al aliviarse de su carga. El aire está muy cargado y la acera luce el manto ocre a medio zurcir de las hojas rendidas al ocaso del verano.

Apenas me cruzo con unas pocas sombras por la calle. Caminan deprisa, creo que de la mano de alguna carcajada no muy convencida, pasan a mi lado pero ni me inmuto. Llevo ya un buen rato caminando ensimismado, puede que horas. Se me había olvidado el inmenso placer de un paseo por Madrid y me agarro a él como un naufrago a un salvavidas. La noche me sorprende deambulando, con los brazos escondidos en la espalda, en una postura que comparto con mi hermano pero que no tengo muy claro de que parte de la familia sacamos. Escucho mis pisadas rebotar en las paredes ya que apenas hay tráfico por la deserción urbanita en masa. Mañana, los coches invadirán las vías ahora prácticamente vacías, y aquellas hojas desaparecerán entre los pies de la pléyade de administrativos somnolientos en su camino hacia cualquier oficina de los rascacielos que me rodean.

Disfruto de cada paso, de cada detalle de una ciudad que tenía abandonada de un modo muy injusto. Los setos resecos que adornan los portales parecen ansiar la despedida del calor veraniego que aún les asfixia en este septiembre recién comenzado. Continúo mi camino alumbrado por el neón, resquebrajado entre las esquinas, esparciéndose sobre los grandes ventanales que me escoltan en esta avenida desierta por la que me dejo perder entre la penumbra de mis recuerdos. No puedo evitar sentirme igual de libre como cuando, por estas mismas fechas pero con veinticinco años menos, me zambullía en el mediterráneo, a medianoche, desnudo y a solas. La escasa luz de la playa se mezclaba con el nácar rompiente de las olas al adentrarme en aquel imponente manto negro. Yo sonreía desde el silencio, perdido entre una oscuridad casi perfecta, tan sólo rasgada por los pequeños faros de las embarcaciones ancladas a mi alrededor. Era entonces cuando disfrutaba de una paz y libertad tan grandes como el mar que me abrazaba calmando mis angustias adolescentes. Justo como hoy, pero a quinientos kilómetros y miles de noches de distancia, en la inmensidad de una avenida inacabable en la ciudad que nunca me niega el sosiego de una oportunidad más.

Cómo te quiero, Madrid.